One

Hubo un tiempo, cuando Vanesa vivía en Londres, una ciudad demasiado grande e individualista por ella, en el que había deseado mucho tener su proprio piso y amigas que se vinieran a picar a la puerta sin avisar a cualquier hora del día o de la noche.
Eso desde que vivía en Ibiza se había convertido en lo habitual y ya había perdido su encanto.
Vanesa se puso la almohada encima de la cabeza intentado olvidar los golpes en la puerta que no paraban. Miró la hora: las 4 de la madrugada. Típico de Sandra, pensó, tiene que ser ella.
Se levantó sintiendo el cuerpo pesado de sueño y se fue a abrir la puerta.
Allí estaba Sandra, con una botella de hierbas e la mano derecha y el casco de la moto en la izquierda, el pelo rubio en una trenza que le caía sobre el hombro derecho y por supuesto su sonrisa gigante impresa en la cara.
– I’ve got hickup –
– y me lo dices en inglés por…? –
– porque el inglés suena mejor cuando estoy borracha –
– si…te queda de maravilla… –
– chupito? –
– Sandra, son las 4 de la madrugada… –
– por eso: chupito? –
En la cocina, sentadas una delante de la otra en la mesa de madera clarita, con dos vasos de hierbas y un cenicero, Vanesa intentaba quitar un hilo de la camiseta ancha que utilizaba como pijama, sin deshacer toda la costura. Sandra fumaba un cigarro mirando el ventilador colgado del techo.
– …y nada, al final él se ha ido y yo me he venido aquí. –
– no voy a tener sexo contigo si te has quedado con ganas –
– tonta, lo sabes que no eres mi tipo –
– la mayoría de las veces –
Las agujas del reloj de pared marcaban el ritmo de los silencios entre las palabras de las dos amigas. Vanesa se preguntó como no lo oía desde su cama cuando se acostaba pues ahora le parecía excesivamente ruidoso.
– cómo te ha ido con la chica esa del otro día? –
– bien, nos tomamos un vinito en Talamanca, parece maja –
-parece maja? –
– si –
– no follaste con ella? –
– joder Sas, era una primera cita! –
– besos? Petting? Algo? –
– no, bueno nos tocamos las manos –
– os tocasteis…vas en serio?! –
– no, tonta, claro que follamos –
– ah! –
– la empotré contra la pared del baño del chiringuito, le arranqué las bragas con los dientes y se corrió tres veces –
-…no follaste con ella. –
– no. –
– y no vas a quedar con ella otra vez –
– …no –
– estás segura de que te gusten las chicas? –
– a ver Sas, otra vez?! –
– tal vez te has equivocado, no pasaría nada –
– en serio estamos teniendo esta conversación? –
– fue un sueño Vanis –
– no fue solo eso –
– si te gustan las chicas porque no te acostas con ellas? –
– no tengo que acostarme con cualquier chica solo porque me gustan las mujeres! –
– y porque no? –
– Sas! –
– has vuelto a hablar con él? –
– y eso que tiene que ver ahora? –
– siempre que contestas a mis preguntas con otra pregunta me sacas de juicio! –
El reloj marcó el ritmo de un silencio prolongado, interrumpido por el alcohol dorado que caía en los vasos, un cigarro que se encendía entre los labios de Vanesa y el tamborilear de los dedo de Sandra en la mesa.
– has venido a echarme la bronca o qué? –
– no, he venido a picarte la nariz –
Las dos amigas se sonrieron con esa luz en la cara que solo se les ve a personas que de verdad se quieren.
– tendría que darte las llaves de mi casa así vas a entrar sola sin tener que despertarme cada vez –
– y donde estaría la gracia?! –
– quieres dormir aquí? –
– si, tal vez me tiro en el sofá, o en la hamaca, hace calor fuera –
– mosquitos –
– sofá –
Vanesa se cubrió con las sabanas hasta el mentón y cerró los ojos. Sintió el sabor a hierbas en la boca y se dio cuenta de que no se había vuelto a lavar los dientes.
Se quedó bocarriba con los ojos cerrados buscando con el oído los ruidos del campo ibicenco: los grillos, el viento, los aviones que llegaban y se iban a cualquier hora del día y de la noche.
Solo fue un sueño, pensó, repitiendo con labios cerrados las palabras de su amiga y se sorprendió en hacerse una de esas clásicas preguntas sobre lo que es real y lo que es ilusión en una vida entera. Sonrió de si misma, abrió los ojos y fue como no hacerlo en la oscuridad total de su cuarto.
Imaginó a Sandra durmiendo en el sofá naranja del salón, con la trenza deshecha y una de sus camisetas anchas, la negra con el logo de esa discoteca donde trabajaron hace años, donde se encontraron codo con codo detrás de la barra llenando copas.
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