Fin de semana en Praga

Lola esperaba el autobús a las 4:50 de la mañana sentada en la parada, la cabeza vuelta hacia donde debía aparecer el vehículo rojo.

Apenas se le veían los ojos cercados por una bufanda y un gorro de lana estratégicamente colocados para que el frío polar de esa mañana en París no le cortase la piel.

Su primer destino era el aeropuerto. El segundo Praga. Aún se preguntaba por qué.

Necesitaba salir de la ciudad y una tarde lluviosa de chocolate caliente en casa había comprado un billete de fin de semana a Praga. En enero ¿no había otra fecha para ir a aquella ciudad? ¿Que no estaba más cerca su España natal y además algo más calentita a pesar de ser pleno invierno?

Praga. Algún vago recuerdo le vino sobre hablar de la capital europea con alguien pero a esas horas las neuronas aún no estaban disponibles para afinar ningún recuerdo.

En el aeropuerto se tomó el primer café solo del día. La gente caminaba demasiado despierta para ella, como si fuera mediodía, pensó. Gente empujando carros llenos de maletas con unas dimensiones absurdas. Gente haciendo cola en las cafeterías para comer desayunos ridículos a tan tempranas horas. Gente hablando de forma animada sin legañas en los ojos.

Se arrebujó en la bufanda que no se había molestado en quitarse y con el café en las dos manos sopló el humo que desprendía la taza también de tamaño desproporcionado, pero eso no le importó. Con el frío metido en el cuerpo una imagen de ella derramándose el tanque de café por encima para entrar en calor de manera más rápida le sacó una sonrisa cansada. Volvió a valorar la idea cuando dio el primer sorbo y comprobó que era el café más terrible que probablemente había tomado en su vida, y que si se lo echaba por encima entraría en calor y no pasaría parte de la mañana sentada en la taza del water.

Con el maldito líquido negro a medias se fijó en las pantallas de información del vuelo y pudo intuir que la puerta de embarque de su avión ya estaba disponible.

Se dirigió hacia ellas sorteando tres ríos de personas vestidas con colores demasiados chillones para París en invierno.

H56. La puerta más lejana, claro.

Con piernas cansadas y una mochila para pasar un día fuera aunque ella fuera a estar tres, caminó hacia el fondo del aeropuerto.

Tras pasar cuatro puertas de embarque comenzó a caminar sola. La sensación de que ella fuera la única en aquel avión le reconfortó tanto como le inquietó. Miraba hacia los lados. Nadie. Agudizó el oído en busca de sonidos de ruedas y voces. Nada.

¿A que voy sola?

De repente apareció un núcleo de personas en lo que supuso sería la puerta de embarque, fácil suposición porque no quedaba pasillo para caminar más.

La impaciencia de la gente esperando en una fila con forma de melé de rugby le divirtió.

Se dejó caer en un banco alejado pegado al cristal empañado. Sacó el móvil para despedirse por unos días de los amigos. No pensaba estar pendiente de nada ni de nadie una vez subiera al avión, necesitaba desaparecer.

Delante de ella una chica movía con parsimonia la pierna que cruzaba sobre la otra. Ocultaba su cara en una guía de Praga. El pelo le caía lacio a los lados del libro y la imagen creada atrajo la atención de Lola más de lo educado.

Una voz hueca de la que no se entendía nada más que el buenos días, avisó por los altavoces de que se comenzaba el embarque.

Fue entonces cuando la chica de enfrente bajó la guía de viajes encontrándose con la mirada clavada de Lola.

Las imágenes en la cabeza de ambas comenzaron a pasar rápido, como si alguien cogiera un libro con una mano y con la yema del dedo gordo de la otra pasara las páginas con tiempo solo de fijarse en los dibujos.

El la última página del libro de Lola aparecía en grande y subrayado: Raquel.

En el libro de Raquel: Lola. Sí joder, Lola.

Desviaron la mirada y se levantaron torpes a la vez quedando de pie la una en frente de la otra ahora más cerca. Lola se sentó de golpe de nuevo. Raquel cogió su mochila y se colocó en la fila con el DNI en la mano.

Cuando cinco personas más se unieron a la procesión de gente, Lola se sumó a ellos.

¿Era ella, verdad? Sí, tenía que ser. Tenía que ser. Además estaba claro que la había reconocido. Entonces ¿iban en el mismo avión? claro que iban en el mismo avión, Lola por favor. ¿Iría a Praga también? ¡Pues claro! ¿dónde si no? Bueno, puede que fuera un vuelo de enlace a otra parte. ¡ay vale ya! ¡qué más daba!

Raquel no se atrevía a mirar atrás. Hacía años que no veía a Lola. La última vez fue en Madrid. No en una despedida, nunca hubo una despedida entre ellas.

Parada en el túnel antes de entrar en el avión, giró la cabeza. No vio a Lola. se atrevió con un segundo intento y se encontró con una Lola despistada mirando hacia el techo. Le hizo sonreír. Con la cabeza hacia abajo y aún con la sonrisa elevó la mirada y esta vez sí hubo encontronazo. Como dos bolas de billar se giraron.

Intentó no fijarse dónde se sentaba Lola. Notaba el pulso a flor de piel. Se centró en la carta de comida sin poder leer. Cogió las instrucciones de emergencia para abanicarse a pesar de que todo el avión cerraba el aire huracanado que caía en sus cabezas.

Lola no había pasado por donde ella estaba sentada, asi que estaría en los asientos de delante. El vuelo era corto. LLegaría a Praga, tomaría el tren al centro para llegar a su hostal, visitaría la ciudad el fin de semana y el lunes estaría de vuelta. Ya está. De vuelta a París, donde Lola también vivía. Esa idea le cayó encima sin esperarlo.

No tenía la certeza de que fuese así pero ¿Lola tomando un vuelo a Praga desde París? ¡vamos! tenía que vivir allí. ¿desde cuándo? ¿por qué? ¿qué estaba haciendo?

Su mente era un torbellino cuando una figura se aproximó bamboleante por el pasillo. Se hizo la dormida. Cuando Lola pasó de largo, Raquel abrió los ojos y se dejó caer para ver dónde se dirigía. Al baño. Claro. No pensaría que la estaba buscando a ella.

Se irguió en el asiento. Comenzó a jugar con las manos y cuando Lola pasó de nuevo por su lado esta vez dándole la espalda, volvió a cerrar los ojos. Espalda tiesa, manos tensas, cuello recto y ojos cerrados. Se vio desde fuera y quiso abofetearse por su acción.

Al llegar al aeropuerto de Praga se perdieron la pista.

Raquel tomó el tren. Lola el autobús, más barato que el tren.

El estómago de Lola empezaba a hacerle notar que sólo tenía un café malo en el cuerpo. Paró en una cafetería antes de llegar al hostal. Prefirió la barra a una de las mesas del local. Un café mucho mejor que el primero y un croissant le trajeron a la vida de nuevo. Al pagar y girarse, Raquel la contemplaba desde una mesa. Dudó en si aproximarse, pero, había pasado tanto tiempo que no sabría cómo comportarse.

Como si saludara a una vecina del barrio sonrió de manera tímida y se marchó.

El trayecto a pie hasta el hostal se le antojó un camino de barro. No se fijaba en los números de la calle, en la gente que se cruzaba, en la preciosa calle que transitaba. Se habían perdido hacía años, ya fue.

Los precios baratos de Praga le habían empujado a reservar una habitación para ella sola en vez de las habitaciones compartidas de hostal que solía utilizar cuando viajaba.

Se detuvo en la máquina de chocolatinas para comprar una de cada. Este sería su fin de semana de desconexión y excesos asi que también pasó por la máquina expendedora de bebidas. Dos cervezas ¿por qué no?

Llegó a la tercera planta donde quedaba su habitación. caminó por el primer pasillo y al girar la esquina, en la quinta puerta Raquel trataba de abrir la habitación.

Se paró. Una mano llena de chocolatinas, la otra con dos botellas de cerveza. Raquel la miró de arriba a abajo, ahogó una risa y continuó con su trabajar.

Lola pasó de largo con toda la dignidad que pudo y tres puertas después se paró. Cuando giró la cabeza Raquel ya había desaparecido.

Lola entró en su habitación y se dejó caer en la moqueta con la cara tapada por las chocolatinas.

Aquello era más de lo que podía soportar. El universo se estaba riendo de ellas o…o tal vez…

Salió de la habitación y caminó tres puertas atrás. La puerta estaba abierta.

Cuando los amigos de Lola y de Raquel les preguntaron ¿qué tal es Praga? ambas, por separado, contestaron:

El camino del aeropuerto al centro es bonito.

 

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